El
campo de prisioneros de Estados Unidos en la Bahía de Guantánamo está en
el extremo sudeste de Cuba, una franja de tierra que los Estados Unidos
mantienen ocupada desde 1903. Hace tiempo estaba irrigada por los lagos
del otro lado de la Isla, pero el gobierno del Presidente Fidel Castro
le cortó hace años el suministro de agua. Así, hoy en día, Guantánamo
produce su propia agua en una planta de desalación del agua. El agua
tiene un color amarillento característico. Todos los estadounidenses
beben agua embotellada importada por aviones. Hasta hace poco, los
prisioneros tomaban el agua amarilla.
La prisión está frente al mar, pero los prisioneros no pueden contemplar
el océano. Las torres de los guardias y las luces del estadio cubren
todo el perímetro. En mi última visita, fuimos escoltados por guardias
militares jóvenes y solemnes cuyas placas de identificación en sus
camisas estaban tapadas con cinta adhesiva para que los prisioneros no
pudieran identificarlos.
Muy pocas personas ajenas son autorizadas a ver a los prisioneros. El
gobierno ha organizado algunos viajes cuidadosamente controlados por los
medios de comunicación y los miembros del Congreso, pero en repetidas
ocasiones se han negado a permitir que estos visitantes, representantes
de las Naciones Unidas, grupos de derechos humanos o médicos y
psiquiatras no militares se encuentren o hablen con los prisioneros.
Hasta ahora, los únicos de afuera que lo han hecho son los
representantes del Comité Internacional de la Cruz Roja, a quienes les
está prohibido por sus propias normas revelar lo que han visto, y los
abogados de los prisioneros.
Yo soy uno de esos abogados. Represento a seis prisioneros kuwaitíes,
cada uno de los cuales actualmente ya ha pasado casi cuatro años en
Guantánamo. A mí me tomó dos años y medio (2 ½) lograr acceso a mis
clientes, pero ya he visitado el campo de prisión 11 veces en los
últimos 14 meses. Lo que he presenciado es un cruel y espeluznante
infierno de hormigón y alambres de púas que se ha convertido en la
pesadilla diaria de las casi 500 personas barridas después del 11/9,
quienes han estado en prisión sin cargos ni juicio durante más de cuatro
años. Es verdaderamente nuestro GULAG de Estados Unidos.
En mi viaje más reciente hace tres semanas, después de firmar una
planilla de entrada y someter a revisión nuestro equipaje, mis colegas y
yo fuimos conducidos a través de dos grandes cercas metálicas hacia el
interior del campo de prisioneros.
Entrevistamos a nuestros clientes en Camp Echo, uno de los varios campos
donde se interroga a los prisioneros. Entramos a una sala de
aproximadamente 13 pies cuadrados y dividida a la mitad por un enrejado
de acero grueso. De un lado había una mesa donde el prisionero se
sentaría para nuestras entrevistas, sus pies encadenados a un ojete de
acero cementado al piso. Del otro lado había una ducha y una celda como
en las que comúnmente se confina a los prisioneros. En las celdas, los
prisioneros duermen en repisas metálicas contra la pared, y a los lados
se encuentran la taza de baño y el lavamanos. Se les permite un fino
colchón de espuma y una almohada de algodón gris.
Los expedientes del Pentágono sobre los seis prisioneros kuwaitíes que
representamos revelan que ninguno fue capturado en el campo de batalla
ni acusado de participar en actividades hostiles contra los Estados
Unidos. Los prisioneros afirman que ellos habían sido detenidos por los
caudillos paquistaníes y afganos y fueron entregados a Estados Unidos
por recompensas que oscilan entre 5 000 y 25 000 dólares – afirmación
que fue confirmada por los informes de la prensa estadounidense. Hemos
obtenido copias de los panfletos de recompensa distribuidos en
Afganistán y Pakistán por las fuerzas estadounidenses que prometían
recompensas – “suficientes para alimentar a su familia toda la vida” –
por cualquier “terrorista árabe” que les entregaran.
Los expedientes contienen solamente endebles acusaciones o habladurías
que cualquier tribunal desestimaría. El expediente de uno de los
prisioneros señalaba que había sido visto hablando con dos sospechosos
de ser miembros de Al Qaeda en el mismo día – en lugares que están a
miles de millas de distancia. La “evidencia” fundamental contra otro era
que, cuando fue capturado, usaba un reloj Casio particular, “que muchos
terroristas usan”. Curiosamente, el mismo reloj lo estaba usando un
capellán militar estadounidense, musulmán, en Guantánamo.
Cuando me encontré por primera vez con mis clientes, ellos no habían
visto ni hablado con sus familiares desde hacía más de tres años, y
habían sido interrogados cientos de veces. Varios de ellos sospechaban
de nosotros; me dijeron que habían sido interrogados por personas que
afirmaban que eran sus abogados, pero resultó que no lo eran. De modo
que llevamos un DVD donde sus familiares les dijeron quiénes éramos y
que podían confiar en nosotros. Varios de ellos lloraron al ver a sus
familiares por primera vez después de años. Uno se había convertido en
padre después de ser detenido y nunca había visto a su hijo. Uno observó
que su padre no estaba en el DVD, y tuvimos que decirle que su padre
había fallecido.
La mayoría de los prisioneros están apartados, aunque algunos pueden
comunicarse a través de la cerca metálica o paredes de hormigón que
separan sus celdas. Ellos hacen ejercicios solos, algunos sólo de noche.
No vieron la luz del sol durante meses – una táctica especialmente cruel
en un clima tropical. Un prisionero me dijo: “En los últimos tres años,
he pasado casi todo y el tiempo y he comido cada comida en esta pequeña
celda que es mi baño”. Aparte del Corán, los prisioneros no tienen nada
que leer. Como resultado de nuestras protestas, a algunos se les han
dado libros.
Cada prisionero que he entrevistado afirma que han sido golpeados
duramente y sometidos a un tratamiento que los estadounidenses sólo
podrían calificar de tortura, desde el primer día de cautiverio
estadounidense en Pakistán y en Afganistán. Dijeron que fueron colgados
por las muñecas y golpeados, colgados por los tobillos y golpeados, los
dejaron desnudos y tuvieron que pasar por delante de las guardias
mujeres, y les aplicaron choques eléctricos. Por lo menos tres afirmaron
haber sido golpeados de nuevo después de llegar a Guantánamo. Uno de mis
clientes, Fayiz Al Kandari, actualmente de 27 años, dijo que le habían
roto las costillas durante un interrogatorio en Pakistán. Yo sentí la
hendidura en sus costillas. “Golpéenme todo lo que quieran, pero denme
una vista ante un tribunal”, dice que le dijo a sus interrogadores.
Otro prisionero, Fawzi Al Odah, de 25 años, es maestro quien partió de
Ciudad Kuwait en 2001 para trabajar en las escuelas de Afganistán,
entonces paquistaníes. Después del 11/9, él y otros cuatro kuwaitíes
fueron invitados a una cena por el líder tribal paquistaní y luego
fueron vendidos por él y puestos en cautiverio, según sus relatos, que
luego fueron confirmados por Newsweek y ABC News.
El 8 de agosto de 2005, Fawzi, desesperado, inició una huelga de hambre
para reafirmar su inocencia y protestar porque había estado prisionero
durante cuatro años sin cargos. Dijo que quería defenderse contra sus
acusaciones o morir. Me dijo que había escuchado que congresistas
estadounidenses habían regresado de los recorridos por Guantánamo
diciendo que era un lugar de descanso caribeño con muy buena comida. “Si
yo como, apruebo esas mentiras”, dijo Fawzi.
A finales de agosto, después que Fawzi se desmayó en su celda, los
guardias comenzaron a alimentarlo a la fuerza a través de tubos que le
pasaban por la nariz hasta el estómago. Al principio, le introducían los
tubos cada vez que lo alimentaban y después se los retiraban. Fawzi me
dijo que eso era muy doloroso. Cuando trató de sacarse los tubos, lo
amarraron con una correa a la camilla mientras muchos guardias le
aguantaban la cabeza, lo que fue todavía más doloroso.
Hacia mediados de septiembre, la alimentación forzosa se tornó más
humana. Le dejaban puestos los tubos de alimentación y le bombeaban la
fórmula. Sin embargo, cuando vi a Fawzi, le sobresalía un tubo de la
nariz. Le caían gotas de sangre mientras hablaba. Se las limpiaba con
una servilleta.
Solicitamos la historia clínica de Fawzi para poder vigilar su peso y su
salud. Denegado. La única forma de poder saber cómo estaba Fawzi era
visitándolo cada mes, lo cual hicimos. Cuando lo visitamos en noviembre,
su peso había bajado de 140 a 98 libras. Los especialistas en
alimentación integral nos dijeron que el continuo descenso del peso y
otros síntomas indicaban que la alimentación estaba siendo realizada de
manera incompetente. Solicitamos que Fawzi fuera transferido a un
hospital. De nuevo, el gobierno se negó.
Cuando vimos a Fawzi en diciembre, su peso se había estabilizado en 110
libras aproximadamente. Le habían cambiado las fórmulas y la
alimentación forzosa la estaba dirigiendo el personal médico y no los
guardias.
Cuando me encontré con Fawzi hace tres semanas, le habían desentubado la
nariz. Le dije que estaba muy agradecido de que al cabo de cinco meses
hubiese terminado su huelga de hambre. Me miró con tristeza y dijo: “Nos
torturaron para que paráramos”. Al principio, dijo, lo castigaron
privándolo de sus “comodidades” una por una: su frazada, su toalla, sus
pantalones, sus zapatos. Después lo aislaron. Cuando esto no logró
persuadirlo para que pusiera fin a la huelga de hambre, dijo, el 9 de
enero se le presentó un oficial para anunciarle que todo detenido que se
negara a comer iría a “la silla”. El oficial le advirtió que los
prisioneros recalcitrantes serían amarrados con cuerda en un aparato
metálico que les halaba la cabeza hacia atrás, y que les meterían y
sacarían los tubos a la fuerza en cada alimentación. “Vamos a romper
esta huelga de hambre”, le dijo el oficial.
Fawzi dijo que escuchó al prisionero de al lado gritándole y diciéndole
que dejara la huelga. Él decidió que no iba a “estar en huelga para ser
torturado”. Dijo que los que continuaron en la huelga de hambre no sólo
fueron amarrados en “la silla”, sino que los dejaron allí durante horas;
él cree que los guardias no sólo los alimentaban con nutrientes sino
también les introducían diuréticos y laxantes para hacer que se
defecaran y orinaran en la silla.
En menos de dos semanas con este tratamiento, se acabó la huelga. De los
más de 80 huelguistas que había a finales de diciembre, Fawzi dijo que
solamente quedaban tres o cuatro. Sin embargo, como resultado de la
huelga, los prisioneros ahora reciben una exigua ración de agua
embotellada.
Fawzi dijo que comer era el único aspecto de la vida en Guantánamo que
él podía controlar; obligarlo a poner fin a la huelga de hambre lo privó
del último recurso que tenía para protestar por su injusto
encarcelamiento. Dice que ahora se siente “desesperado”.
El gobierno continúa negando que exista alguna injusticia en Guantánamo.
Pero yo sé la verdad.
Thomas Wilner es socio de la Shearman & Sterling, que ha estado
representando a los prisioneros kuwaitíes en Guantánamo desde principios
de 2002.
Traducido por Cubadebate