Fuente: El Nuevo Día
Mujeres musulmanas bolivianas en la Mezquita de Sopocachi
Cerca a un millar
de creyentes del Islam, la mayoría bolivianos, mantienen viva en
el país las enseñanzas del Corán. A diario, los seguidores de
esta religión se enfrentan a los estereotipos que la cultura
occidental se ha formado a partir de los hechos políticos.
Un océano, un continente y 3.000 dólares separan a Ahmad Alí de
hacer realidad su mayor anhelo: peregrinar hacia La Meca. Alí es
musulmán, creyente de la fe islámica. Y como todo miembro de
esta religión, este boliviano de 50 años tiene el deber —al
menos por una vez en su vida— de realizar el hajj.
Sin embargo, hasta que reúna el dinero para pagar el viaje,
Gerardo Cutipa Trigo —su nombre oficial— deberá conformarse con
emular en algún punto del altiplano paceño el tradicional
sacrificio de animales, realizado en La Meca una vez concluida
la peregrinación.
Junto a Cutipa, cerca a 1.000 musulmanes —entre bolivianos y
extranjeros— siguen en el país las creencias islámicas, según
una aproximación de los guías religiosos de esta fe. Repartidos
en su gran mayoría en La Paz y Santa Cruz, muchas veces son
víctimas de la falta de información que existe sobre los
preceptos de su fe.
“Sufrimos por algunas personas que, impulsadas por la
ignorancia”, lamenta Cutipa, miembro de la mezquita Masjidum
Jbelannur (Montaña de la luz). Este lugar, en la zona de
Miraflores, acoge cada viernes a una decena de musulmanes
bolivianos, aunque el número oficial de sus miembros alcanza la
treintena.
Hoy, en los cuatro metros de superficie de este recinto, un
grupo de seguidores del Islam conversa con Allah (Dios en
árabe). Lo hacen con los pies desnudos, el cuerpo postrado y el
rostro rozando alfombras de diseño árabe. Es la hora del salad
(rezo), un ritual que se realiza cinco veces al día en dirección
al este, hacia la ciudad sagrada.
Erróneamente se cree que la mayoría de los fieles de esta fe son
árabes. Sin embargo, ellos sólo representan un 20 por ciento del
total de los musulmanes, siendo Indonesia (Asia) el país con la
mayor población islámica del mundo.
Si bien el Islam se originó en Arabia alrededor del siglo VII,
el número de creyentes se extendió rápidamente fuera de sus
fronteras mediante la conquista militar y la conversión
desarrollada por los primeros sucesores del Profeta Muhammad,
líder de esta religión.
Muchos de los personajes honrados por judíos y cristianos —como
Abrahán, Moisés y Noé— forman parte de las personalidades
veneradas por los musulmanes. A esta lista se suma Jesús, a
quien el Islam considera un profeta y no así el Hijo de Dios,
tal y como lo profesa la creencia cristiana.
Pero, “la diferencia mayor con los cristianos es que ellos creen
en la Santísima Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— y
nosotros en un Dios indivisible”, explica Mahmud Alí Teheran,
imán (guía religioso) de la Masyid As Salam (mezquita de La
Paz), ubicada en Sopocachi.
Alí Teheran es apasionado a la hora de explicar la fe que
profesa. Y así lo expresa también con su tradición árabe de
vestir.
Hijo de una pareja iraní, la figura de este peruano de 47 años
deambula por las calles de Sopocachi como sacada de alguna
ilustración de Las mil y una noches. Su cabeza, cubierta por un
paño blanco (hatta) y su cuerpo, ataviado por una elegante
camisa plomiza (zob) y una túnica (abaya), llaman la atención de
los transeúntes. Pero esto no inquieta a Alí Teheran, quien
absuelve con toda paciencia todos los cuestionamientos de los
curiosos que se le acercan.
“La palabra... Esa es la única manera que tenemos para
contrarrestar la mala imagen que se difunde sobre el Islam”,
dice Alí Teheran, que hace seis meses se encarga de guiar
espiritualmente a los 70 miembros que conforman la mezquita de
Sopocachi. De ellos, un 90 por ciento son bolivianos y jóvenes.
En el Islam no existe clero ni jerarquía religiosa. Así, los
guías son designados por la comunidad, como es el caso de Alí
Teheran.
Estereotipos
“Hombres con cuatro esposas en la cama y un fusil Kalashnikov
guardado en el closet”. Esa es la imagen que el mundo occidental
tiene de los musulmanes. Lo asegura Mehmet Basik (28),
bioquímico, teólogo y pedagogo. Este turco llegó a Bolivia hace
cinco años y descubrió la fuerza de estos estereotipos. “Un día
viajé en un bus con una monja al lado. Conversábamos muy bien,
hasta que le dije que yo era musulmán”. Entonces, “se puso a
temblar. Luego, pálida, me preguntó si yo pensaba matarla”,
recuerda el árabe que llegó al país como voluntario en un
programa de lucha contra el mal de Chagas.
Para Basik, esa histeria contra los seguidores del Islam se
desató tras los atentados perpetrados por suicidas árabes en
Estados Unidos el 2001, donde murieron aproximadamente 3.000
personas.
“Muchos atribuyeron estos atentados al islamismo, pero fueron
movidos por la política y no así por la fe. El Islam no alienta
la violencia ni el odio”, asegura Basik, quien conoció Bolivia a
través de un noticiero turco donde se reportaba “una guerra por
la coca”.
De igual manera, Basik —que da charlas en la mezquita de
Miraflores sobre filosofía islámica— refuta la creencia de que
su fe considera a la mujer inferior al hombre. “En la ley
islámica, hombres y mujeres tienen los mismos derechos.
Desafortunadamente, sin embargo, en muchos países musulmanes
pesa más la tradición preislámica que las leyes de la fe”.
Ruth Gamboa Mamani aprueba con la cabeza las palabras de Basik.
Ocultando su cabellera con un hiyaab (velo), esta paceña de 22
años asegura sentir entre los musulmanes más respeto a su
condición de mujer que en otras denominaciones religiosas.
“Al igual que en la cultura andina, la voz de las mujeres
musulmanas es considerada importante”, dice la estudiante de
Derecho, cuya familia, por generaciones, arrastra la creencia en
la fe católica.
Ruth lleva unos seis meses asistiendo a las reuniones de
oración, pero aún no se acostumbra del todo a vestir el velo
musulmán.
Sin embargo, “pronto declararé que Dios es único”, proceso que
la convertirá oficialmente al Islam en un ritual llamado ash-shahadah.
Los 99 nombres de Dios
“Dios tiene 99 nombres, 100 menos uno. Quien uno a uno los
enumere entrará al paraíso”, dice una de las tradiciones orales
islámicas.
Esta profecía quita el sueño a Jhonny Macario Chambi, conocido
en la comunidad islámica como Iajhia. Mientras se asea las manos
y los pies para ingresar a la mezquita de Miraflores, Chambi, de
27 años, enumera algunos de los nombres de Dios que ha logrado
memorizar: “El que perdona”. “El equitativo”. “El vengador”...
Además, el ex seguidor de una iglesia evangélica tiene como otra
meta recitar de memoria los 114 capítulos que conforman el
Corán, el libro sagrado del Islam.
“En el colegio evangélico siempre me aplazaba en la materia de
Religión. No me gustaba cómo nos imponían sus creencias,
obligándonos a asistir a sus reuniones”. En cambio, “los
musulmanes no tienen como objetivo la conversión de los demás.
Con su propio ejemplo de vida te seducen”, confiesa el
estudiante paceño de Derecho, quien —antes de aceptar el Islam,
hace cinco años— investigó a fondo varias de las creencias
religiosas que operan en el país.
“Mis padres sufrieron cuando les comenté mi decisión de ser
musulmán. Los pastores de su iglesia les decían que yo estaba
perdido, que el Islam vuelve a la gente asesina”. Ahora, “yo les
estoy demostrando que aquí enseñan lecciones de vida como no
beber y no cometer homicidio. Te impulsan a fomentar cada día la
limpieza corporal y espiritual”, dice, y sus palabras finales
parecen golpear a Mehmet Basik.
Lo más difícil para este turco fue adecuarse a los malos hábitos
de la cultura occidental. “En los países musulmanes no se ve a
un solo borracho caminando por las calles. En 23 años de vida,
la primera vez que observé eso fue aquí (en Bolivia)”.
También, “me costó habituarme al hecho de que la gente hace sus
necesidades en las calles y que los hombres se enorgullecen
cuando engañan a sus mujeres. Todo eso está prohibido en el
Islam”, asegura Basik, quien trabaja en un ambicioso proyecto
para fundar el primer centro cultural turco-boliviano.
“La idea es que la gente conozca la verdadera cara del Islam”,
dice.
Por el momento, esa labor es realizada por el Centro Islámico
Boliviano, ubicado en Santa Cruz.
Allí, los miembros de la mezquita cruceña —la primera construida
en Bolivia, en 1989— cuentan con una amplia biblioteca y un
centro para difundir sus creencias.
Mahmud Amer, imán de este centro, asegura que la gente que
visita el lugar se sorprende cuando conoce los principios que
rigen la ley islámica. Lecciones que, según este palestino,
podrían servir a los gobernantes de este país.
Por ejemplo, Amer explica que en los países musulmanes existe un
impuesto de 2,5 por ciento, usado para combatir la pobreza. Y
que los sistemas de educación y de salud son gratuitos desde
hace décadas.
“¿Será por eso que los seguidores del Islam crecen y crecen?”,
se pregunta Amer, que asegura que en Santa Cruz existen 500
fieles.
Claro, la gran mayoría de ellos guarda en un closet la túnica
blanca que algún día los acompañará en un viaje que vencerá un
océano y un continente... hacia La Meca.