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http://www.eltiempo.com/participacion/blogs/default/un_articulo.php?id_blog=3349595&id_recurso=450001303
Diego Castellanos, antropólogo e investigador del Centro de Estudios Teológicos y de las Religiones, de la Universidad del Rosario de Bogotá, escribió sobre el crecimiento de colombianos conversos al Islam, como por ejemplo en Buenaventura, donde la mayoría son afrocolombianos, y se especula que, en Bogotá, el número de conversos se iguala al de los inmigrantes y sus descendientes.
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En una
ocasión, mientras conversaba con un profesor universitario, me
decía que no entendía que tenía que ver el Islam con nuestro
país: “El Islam es una religión de Medio Oriente, no forma parte
de lo que somos”. Aun sabiendo que muchos de nosotros aún
pensamos así, quisiera hacer referencia a unos breves puntos que
permitan una mejor comprensión de la presencia de esta Fe entre
nosotros. En primer lugar, me gustaría reivindicar el papel del
Islam como fe universal que permitió el surgimiento en su seno
de una gran civilización. No una religión de árabes, de camellos
y de desiertos. Mucho de lo que somos está marcado por un pasado
arabomusulmán – español que pretendió ser silenciado por la
creación de una España católica contrareformista. Basta mirar
nuestro idioma, en donde cerca de cuatro mil palabras son de
origen árabe, así como elementos de la arquitectura colonial y
de nuestras instituciones. Se sabe que la presencia del Islam en
Colombia se remonta a los tiempos de la conquista, dado que
algunos de los esclavos africanos eran musulmanes. Sin embargo,
debido a la represión no hubo un impacto sobre nuestra historia,
por lo que lo que se diga este periodo es más bien especulativo.
Es preferible hablar de su presencia a partir de los tres
últimos decenios del siglo XIX, cuando el Imperio Otomano se
hallaba en decadencia. Muchas poblaciones buscaron escapar de la
violencia (esto lo deberíamos entender nosotros más que nadie) y
de paso construir un mejor futuro, por lo que llegaron a América
y, algunos, a nuestras costas. Sin embargo, para ese entonces la
mayoría de los inmigrantes de Medio Oriente eran cristianos, lo
que cambió a partir de mediados del siglo XX. En ese entonces,
los musulmanes crearon comunidades y centros de reunión en
varias ciudades del país, lo que condujo a la existencia
actualmente de un centro islámico en prácticamente todas las
ciudades de mediana importancia en Colombia.Pero el número de
colombianos conversos fue aumentando, al punto que, por poner un
ejemplo, en Buenaventura la mayor parte de los musulmanes son
afrocolombianos. En Bogotá se especula, ante la ausencia de un
censo, que el número de conversos iguala al de los inmigrantes y
sus descendientes. Los musulmanes están aquí, viviendo con el
resto de colombianos y trabajando con ellos. La mayoría alejados
de labores de proselitismo e intentando vivir en paz con sus
semejantes. No son, como se ha pensado, una isla de Medio
Oriente entre nosotros, no. Al igual que todos, están
construyendo colombianidad. Lo anterior nos permite plantarnos
un interrogante en torno a la construcción de la identidad, ya
que se podrá disentir de que sea posible ser a la vez colombiano
y musulmán: ¿Qué significa ser colombiano? “Colombia es un país
de diversidad”. Esta expresión, que pareciera haberse convertido
en un slogan, encierra una realidad compleja que en ocasiones
aun nos es difícil asumir en toda su dimensión. Hasta hace pocos
años la mayor parte de la historia indígena, tanto prehispánica,
pasando por la colonia, y llegando hasta la actualidad; era poco
reconocida e infravalorada, ya que se consideraba que era una
etapa “por superar” en pos de desarrollo del país y la
consolidación del estado nacional. Aun más grave fue el
desconocimiento de la historia y riqueza cultural de las
comunidades afrocolombianas, que en textos como el de Henao y
Arrubla ni siquiera eran nombrados. Sin embargo, uno de los
logros de la implementación de las ciencias sociales en
Colombia, principalmente a partir de la República Liberal (1930
- 1946), fue el inicio de un largo proceso, aún no culminado, en
pos del reconocimiento de la existencia de nuestro pasado y
nuestro presente. Y buena parte de este proceso pareció explotar
en toda su significancia después de la constitución de 1991, que
pretendía sentar las bases de un nuevo ideal de estado, de
alguna manera más integrante. Se buscaba superar el paradigma de
país católico y blanco, horizonte homogeneizador al cual todos
los habitantes del territorio debían aspirar, con el fin de
lograr un mejor futuro para nuestra nación. Gracias a muchas
luchas, no siempre fáciles, hoy podemos dar cuenta no sólo de
nuestro pasado, sino de nuestro presente indígena; de nuestras
poblaciones mestizas, no sólo en el aspecto físico sino
cultural, de gitanos colombianos (Rom), de árabes, de judíos, de
musulmanes y de protestantes. Diferencias que no obedecen a un
solo tipo pero que de manera conjunta crean nuestras múltiples
identidades. Sin embargo, estos fenómenos no han terminado. No
existe un punto en el que podamos detenernos y decir: “Lo que
somos hoy, es lo mismo que seremos en el futuro”. Aun en el
presente seguimos cambiando, adaptándonos, rechazando u optando
por ciertos puntos de vista, descubriendo que somos mutables en
un mundo globalizado.
Extraído del Blog
El Diario de Saira |